jueves, 2 de abril de 2009

Yuanes, Reales y FMI: ¿Qué harás, Cristina?


¿Todavía no le avisaron que leer a Laclau, Feinmann y Pigna es perjudicial para la salud?


El furor deglutivo que signa a todo clima electoral no debería ser la causa para dejar de agendar el problema económico argentino que se avecina ante la progresiva tangibilidad de una crisis internacional cuya punta del ovillo parece lejos de ser detectada (Obama muestra una preocupante combinación de yerros, pasividad y buenas intenciones), y que además obliga a revisar estrategias económicas que fueron positivas durante cinco años, pero que nunca estuvieron cerca de ser puntales para un ensayo de desarrollo nacional.

El kirchnerismo no pudo, no supo o no quiso aprovechar con mayor eficacia económica, política y social los beneficios del crecimiento “más importante de los últimos cien años”, como gusta decir a Cristina, pero es ocioso cualquier lamento cuando la coyuntura escabrosa obliga a mirar hacia delante.

El problema económico argentino se hace sentir a partir de las afectaciones del balance comercial y la consiguiente merma de divisas: a través de las ventajas comparativas del commodity, el gobierno pudo hacer las transferencias que permitieron un primaveral renacer industrial: Paradójicamente, la política de desendeudamiento post 2001 bajo pautas heterodoxas y de halo independiente han clausurado el acceso de Argentina al crédito internacional.

La pregunta es cómo se hará para mantener el superavit fiscal y el nivel de reservas del BCRA ante un escenario de contracción de divisas que se irá profundizando. La positiva política de “vivir con lo nuestro” aplicada por el almacenero de Santa Cruz requiere en buena medida de los fabulosos términos de intercambio que hoy se ven trastocados por la depresión del comercio exterior.

A ello se suma el “costo” que significa  aguantar el tipo de cambio vía inyecciones del BCRA: situación que además no evita el gradual goteo devaluatorio, presionando en la puja distributiva de manera disvaliosa.

Evidentemente, el margen de maniobra dista de ser el ideal, y los tiempos que se avecinan obligan a cambiar cualquier discurso de pretéritos logros económicos por otro que sin sumarse a las plegarias catastrofistas del oposicionismo de baja intensidad, señale las dificultades y tire sobre la mesa alternativas viables.

En este sentido, y ante la previsible fuga de capitales que existe en los países subdesarrollados, completando el opaco panorama, el resguardo de los dólares se erige en un imperativo. Tanto los convenios bilaterales celebrados con Brasil que pautan el uso de las monedas nacionales, como el acuerdo de forex swap con China, más allá de los resultados a largo plazo, buscan evitar la erogación de dólares y marcarle la cancha a EEUU de cara a un improductivo G 20.

Así las cosas, se torna ineludible la cuestión del FMI frente a una necesidad que asume el rostro de la herejía. En ese marco se promueve a gritos una embrionaria discusión sobre “la reformulación de los organismos multilaterales de crédito” que haría las delicias (o el hara-kiri) de un Scalabrini Ortiz.

Lo cierto es que volver al FMI está lejos de ser una quimera: lo que va a discutirse son las condiciones y modos bajo los cuáles esas entidades prestan financiamiento. Muy lejos de esta pretensión están las renegociaciones anuales de deuda que la señora Carrió postula como eje de su programa económico (en crisis o no-crisis).

Seguramente la vuelta al FMI (no sólo de Argentina) suponga una decepción más para los puristas que se embarcan en cruzadas por le 10% del electorado. Pero esos mismos son los que olvidan que son los tiempos y las circunstancias los que templan la acción política, como decía el florentino.

Y acaso Néstor y Cristina deban pagar un injusto costo político por los justificados denuestos al Fondo de ayer, en su objetivo de defender los logros de un modelo de acumulación hoy. Sucede que lo ingrato y devorar sapos son la diaria en la política.

Yo supongo que lo que hará Cristina será aguantar hasta donde se puede con las divisas acumuladas, que no son pocas, y retroalimentar el consumo interno, y así demorar al máximo la instancia FMI; mientras tanto, serán los países centrales los más urgidos a decidir como abordar la cuestión del financiamiento internacional. Pero sólo es una conjetura debilitada por el reino de la incertidumbre. 

La única certeza es que toda medida que se tome debe cuidarse de provocar una desfinanciación del Estado: deberían saberlo quienes proponen eliminación de retenciones a la exportación o reducción del IVA sin contraponer verosímiles sustituciones de recaudación para cubrir el agujero. A menos que la pretensión de gobernar no está dentro de sus prioridades.

Me interesa saber que hará Cristina. Por lo menos en este rubro, la oposición todavía está muy lejos de exhibir sensatez.